La Transfiguración
Contemplar la Gloria de Dios

La Palabra
Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
Meditación
En lo alto del Monte, solo la Gloria de Dios: En el Tabor, Pedro exclamó: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí!», sintiendo el deseo de detener el tiempo. Esta es la esencia de la adoración: una pausa en la que el alma se detiene, contempla la belleza divina y reconoce el señorío de Cristo. Es hermoso adorar ante la Gloria de Dios que se manifiesta en la Eucaristía.
Jesús ordena a los tres apóstoles que no digan nada hasta que haya resucitado, y luego los hace bajar del monte hacia la vida real. El adorador recorre el mismo camino: se nutre de la luz eucarística para luego «bajar» a lo cotidiano, llevando la presencia de Dios a la concreción del mundo.
Una vez más el adorador está ante la manifestación del misterio trinitario: El Padre, desde la Nube luminosa del Espíritu Santo, habla diciendo «Escuchadlo». La adoración es ante todo escucha silenciosa para entrar en la gloria de la Trinidad.
Contemplando al Señor, el adorador es transformado gradualmente a Su imagen. Como las vestiduras de Jesús se volvieron blancas y luminosas, así el orante es purificado e iluminado por el Espíritu Santo.
Lectura espiritual
Para prepararte antes de subir al Tabor eucarístico, lee:
CRUZ O TABOR, VIDA O MUERTE: ¡GLORIA DE DIOS!
de Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia, en «Frutos de oración — Retazos de un diario», separata «La gloria de Dios», n.º 1.673–1.684, Editorial Eco de la Iglesia.
Leer el texto completo (PDF oficial, página 4)
¡¿Qué importa el día o la noche, la cruz o el Tabor, la vida o la muerte?! ¡Gloria para Dios! ¡Sólo eso! Y esto exige un amor muy puro al Señor.
He de saber sufrir y callar sonriendo; así haré felices a los míos y, viviré muriendo, mi inmolación por la Iglesia. Soy feliz, porque nada busco fuera de glorificar al Infinito.
El gozo de dar gloria a Dios sufriendo, sólo se lo podemos proporcionar aquí en el destierro; allí, en la Eternidad, siempre le daremos gloria, gozando. Por eso, ¡alegrémonos ahora en la cruz, que da gloria a Dios y vida a las almas!
Cuando veo que no tengo nada, esto me produce un profundo e incalculable deleite que yo quiero dar a Dios, para que sólo Él goce con la entrega del don de mi dicha.
Dios ama al que da con alegría; por eso nos pide que, cuando hagamos algo por Él, resplandezca nuestro rostro de contento ante la glorificación que esto supone para nuestro Padre.
Si buscamos el aplauso de las criaturas, en el mismo hemos recibido ya nuestra paga; y si lo hacemos solamente buscando a Dios, Él mora en lo escondido del corazón, siendo nuestra única paga y recompensa, la cual nada ni nadie nos podrá quitar.
Para que Dios sea glorificado en ti, tu gloria humana tiene que morir.
El que busca la gloria de Dios, no busca su propia gloria; por eso, el que busca su gloria, no busca a Dios.
¿Quieres algo fuera de dar gloria a Dios? ¡No vives tu ser de Iglesia, que es glorificarle a Él aquí en fe y allí en luz!
Todo se termina. De lo pasado sólo queda el amor que pusimos en nuestros actos, o el desamor por no haber sabido amar. El pasado es nuestro timbre de gloria o de derrota. Por eso, pongamos amor en todo, para gloria de Dios y fruto de vida eterna.