Itinerario del Adorador
EtapaI

La zarza ardiente y Moisés

Ante el Subsistente

Moisés, sentado en una roca junto al rebaño, se quita las sandalias y mira la zarza que arde
Domenico Fetti, Moisés ante la zarza ardiente, hacia 1615-1617. Kunsthistorisches Museum, Viena.
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La Palabra

Éx 3,1-8a.13-15

En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián. Llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, la montaña de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. Moisés se dijo: «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver por qué no se quema la zarza». Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: «Moisés, Moisés».

Respondió él: «Aquí estoy».

Dijo Dios: «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado».

Y añadió: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob».

Moisés se tapó la cara, porque temía ver a Dios. El Señor le dijo: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel.

Moisés replicó a Dios: «Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”. Si ellos me preguntan: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les respondo?».

Dios dijo a Moisés: «“Yo soy el que soy”; esto dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a vosotros».

Dios añadió: «Esto dirás a los hijos de Israel: “El Señor, Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación”».

Reflexionar

Meditación

Dios llama a Moisés por su nombre (como a ti en el bautismo) para revelarle Su Nombre (el Nombre de Dios es Trinidad: el Padre Eterno habla desde la zarza en el fuego del Espíritu), a fin de que pueda cumplir la misión divina de liberar a Su pueblo de la esclavitud (la oración de intercesión que tú haces por los demás).

El Señor le pide que se quite las sandalias: un gesto de reverencia porque, como tú en la Adoración, está ante la manifestación del Altísimo.

La zarza ardiente simboliza también el sufrimiento del pueblo de Dios: un sufrimiento que no lleva a su destrucción, sino que Moisés hace suyo.

¿Qué significa que se cubrió el rostro? El velo del Pan eucarístico te permite estar ante Dios sin perecer.

La Iglesia es una zarza ardiente en el desierto de este mundo; y tú –como alma-Iglesia– ¿estás dispuesto a ser una «zarza ardiente» en tu ambiente? ¿A llevar la luz de Cristo donde hay tinieblas?

La Adoración es nuestro estar ante la Zarza ardiente y poseer el Ser.

Leer

Lectura espiritual

Ayuda mucho la lectura espiritual:

¡EN EL SAGRARIO ESTÁ EL SER…!

12-12-1974

de Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

Fuente

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia, en Opúsculo 9 «¡La Señora de la Encarnación!» de «Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa», Editorial Eco de la Iglesia, pág. 39 (paginación del EPUB).

¡En el Sagrario está el Ser…!, el Ser Infinito que me llama con voz poderosa invitándome a seguirle. Por eso, cuando después de tantos años de consagración, mi espíritu parece que ya no puede contener sus ansias de Dios en luz, necesita –y yo sé que en ello me va la vida porque así Dios lo imprimiera en mi alma– grandes y descansados ratos de oración ante Jesús Eucaristía, para contener el ímpetu que, en carrera veloz, me impulsa a marchar a la Eternidad…

¡Cuántas veces, sintiéndome morir en ansias de Dios, ajena y como separada de todo lo creado, sin fuerzas físicas para seguir viviendo, he corrido al Sagrario, al silencio silencioso del Verbo Infinito Encarnado; y poco a poco se ha ido apoderando de mí como una dulzura de paz, que, en saboreo sagrado, siendo repletura de mis apetencias, fortalecía mi vida agonizante, para continuar entre los hombres sin volar al Ser definitivamente!

La fortaleza de mi vida, la continuación de mi peregrinar, la fecundidad de mi maternidad espiritual, la llenura de mi espíritu tantas veces acongojado, lo encuentro a los pies del Sagrario… Aún más, el consuelo de mis aflicciones, el beso del Amor Infinito a mi alma llorosa, la caricia de su mano compasiva, el mirar de sus ojos serenos en promesas de amor y la participación tranquila de mis terribles nostalgias por Él, e incluso por los míos en la soledad de mi duro destierro, todo, ¡absolutamente todo!, encuentra pleno sentido en mis ratos de Sagrario junto a las «Puertas majestuosas de la Eternidad».

Yo sé, porque me lo dice la fe y porque así lo vivo también en una sabiduría de experiencia sabrosa, que el Ser Infinito del mañana de la Eternidad es el Jesús cariñoso de mi Sagrario…

¿Cómo entonces podré egoístamente querer volar a su luz, cuando Él se quedó en mis tinieblas para mí…? Por lo que mientras mi alma pueda estar grandes ratos postrada ante el terrible misterio de un Sagrario en silencio, yo esperaré incansablemente el día del Señor.

En mi Sagrario lo tengo todo, porque el Todo Infinito es el misterio trascendente que oculta mi Sagrario. Si el hombre supiera el secreto de la Eucaristía ¡¿cómo no vendría a refrigerar su sed y a saciar sus hambres, reverente y adorante, a los pies del Sagrario ante el Dios del Sacramento…?!

Yo busco al Ser… ¡y, o lo encuentro, o me muero…! Porque Él me llama a sí con fuerza irresistible que, en lanzamiento de respuesta, me hace vivir en torturante clamor de Eternidad…

Pero, ¡ya encontré al Ser del modo amoroso que su voluntad infinita hoy quiere dárseme en el camino penante del peregrinar de este destierro en mi búsqueda insaciable de solo Dios…!

Por eso mis ratos de Sagrario me son tan necesarios, tanto, ¡tanto!, que en ello me va la vida; pues mi alma, sostenida por los silencios de su misterio, saborea, en donación amorosa, los secretos de la Eternidad.

¡Qué grande es la Eucaristía para el alma enamorada…! Tanto, que en ella encuentra su razón de ser en la llenura de sus insaciables apetencias.

¡Yo quiero al Ser, y en el Sagrario lo encuentro!