Itinerario del Adorador
EtapaIX

Benedicto XVI en la JMJ de Colonia

Adorar es besar a Dios

La explanada de Marienfeld al atardecer, repleta de jóvenes con velas encendidas durante la vigilia
Andrew Martin, Vigilia de la JMJ en Marienfeld, 20 de agosto de 2005, 2005. Marienfeld, Colonia.
Escuchar

Las palabras

Benedicto XVI, Homilía de la Santa Misa, explanada de Marienfeld, XX Jornada Mundial de la Juventud, Colonia, 21 de agosto de 2005 — versión oficial de la Santa Sede

Queridos jóvenes:

Ante la sagrada Hostia, en la cual Jesús se ha hecho pan para nosotros, que interiormente sostiene y nutre nuestra vida (cf. Jn 6, 35), comenzamos ayer por la tarde el camino interior de la adoración. En la Eucaristía la adoración debe llegar a ser unión. […] Mediante la Eucaristía, esta "hora" suya se convierte en nuestra hora, su presencia en medio de nosotros.

La adoración, como hemos dicho, llega a ser, de este modo, unión. Dios no solamente está frente a nosotros, como el totalmente Otro. Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en él.

La palabra latina para adoración es ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser.

Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla.

Nos ha dado la tarea de entrar en su "hora". […] La hora de Jesús es la hora en la cual vence el amor. […] La hora de Jesús quiere llegar a ser nuestra hora y lo será, si nosotros, mediante la celebración de la Eucaristía, nos dejamos arrastrar por aquel proceso de transformaciones que el Señor pretende. La Eucaristía debe llegar a ser el centro de nuestra vida. (Benedicto XVI, 21 de agosto de 2005)

¡Caminemos con Cristo y vivamos nuestra vida como verdaderos adoradores de Dios! Amén.

Reflexionar

Meditación

La homilía de Benedicto XVI a la JMJ de Colonia (2005) y a los adoradores se funda en la figura de los Magos. El Papa compara al joven en oración con el sabio de Oriente: ambos realizan una peregrinación interior para pasar del conocimiento exterior de Jesús a la adoración íntima y a la transformación de la vida. El Papa desarrolla este vínculo a través de puntos clave precisos:

Hay que recorrer un camino exterior e interior: Como los Magos buscaban a un rey y encontraron a un niño, así el adorador se arrodilla ante una pequeña «Hostia blanca consagrada», superando la apariencia para reconocer la presencia real de Dios.

Pasar de la Misa a la Adoración: el Papa afirma que «en la Eucaristía la adoración debe convertirse en unión». Adorar significa hacer sitio a Dios, permitiendo que la «hora» de Cristo se convierta en la hora del creyente. La hora de adoración.

El adorador no es un aislado, sino que entra en la gran familia de Dios. En Colonia, Benedicto XVI transformó la adoración silenciosa de más de un millón de jóvenes en una experiencia de unidad.

A ejemplo de la Virgen, en la contemplación, el adorador aprende de María a ofrecerse a sí mismo y su propia vida al plan divino.

Leer

Lectura espiritual

¿Qué hacer en el silencio de la adoración, que es una Comunión prolongada?

TE BESO COMO PUEDO, DESPUÉS DE COMULGAR

20-12-1982

de Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

Fuente

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia, en Opúsculo 6 «El gran momento de la Consagración» de «Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa», Editorial Eco de la Iglesia, pág. 21 (paginación del EPUB).

Herido el pecho amante, descansa en tu regazo en horas prolongadas de dulce intimidad…

Yo sé cuánto me amas, Jesús de mis amores, pues te apercibo dentro después de comulgar.

Ternura son tus dones dentro de mis entrañas, requiebros, sin palabras, en hondo reclamar…

Y hoy quiero retornarme, postrada ante el Sagrario, con mi inmensa pobreza en donación total.

Ya sé que este destierro cargado está de penas, de cruces, de tormentos, de congojas sin par… ¡Largos son los senderos de esta vida en tinieblas, que nos lleva entre llantos al gozo inalterable de tu infinito Hogar…!

¡¿Qué importa que yo pene, Jesús de mi Sagrario, Señor del Sacramento, en días prolongados, en noches que no acaban por su duro pasar?! Si Tú sigues glorioso en tu inmensa potencia, en tu dulce clemencia, repleta está mi alma de tu eterno gozar…

Tus glorias son mis glorias, cualquiera que estas sean; su precio nada importa, aunque muera en la lucha de un continuo penar…

¡Qué largos son los días…! ¡Qué negras son las noches de cada peregrino en su peregrinar por el camino largo por el que le conduces, cargado de misterio, hacia la Eternidad…!

Mi alma enamorada, después de recibirte en el gran Sacramento obrado en el altar, quiere aceptar de nuevo tu eterna voluntad, sea cual fuere esta para mi ser herido, que, transido de amores, te busca sin cesar.

Te tengo y te deseo dentro de mis entrañas; te busco y te poseo allí en mi palpitar, clamando por hallarte de nuevo cada día, junto a la Eucaristía, para saber tornarme, después de recibirte, a tu inmensa bondad…

Te amo en las honduras ocultas de mi pecho…, te beso, como puedo, después de comulgar… ¡Y solo busco ansiosa, en mi vivir sellado por la luz de tus fuegos, gozo poderte dar con mi pecho sangrando y en Ti crucificada, buscando en cada instante llenar todo tu plan!

¿Qué pasará mañana…? pregunto cada día cuando la prueba arrecia sin quererme dejar.

¡Qué importa lo que pase, si Tú estarás conmigo, Jesús del Sacramento, dándote en alimento, en cada encrucijada de mi vida, al pasar…!

¡Qué bellas son tus lumbres cargadas de misterio, repletas de promesas cuando en mi hondura estás…! Yo escucho tus palabras repletas de esperanza, que hablan quedamente sin nada pronunciar.

Tus penas son mis penas, tus glorias son las mías, tu voluntad cumplida tan solo en mis penares me hace descansar. Lo demás nada importa.

Mi ofrenda por la Iglesia, bien sé que fue aceptada, y hoy quiero ante el Sagrario, después de recibirte, ofrendarme de nuevo como en cada mañana, sin mirar cuanto cueste cumplir en cada instante tu santa voluntad.

Te amo, Jesús mío, recibe este día, con toda su pobreza cargada de nobleza, mi donación total.